El museo de la censura

Cultura 10 de junio de 2018 Por
Tatxo Benet compra la polémica obra de ‘La bèstia i el sobirà’ para comenzar a crear una importante colección de arte censurado
museo de la censura
Not dressed for conquering La obra de Ines Doujak se llevó por delante al director del Macba, que la retiró de la muestra La bèstia i el sobirà. (Per

Posdata Digital | Argentina

Una colección para el arte censurado. La retirada en la pasada edición de la feria Arco de Madrid de la obra Presos políticos, de Santiago Sierra, motivó al cofundador de la productora Mediapro Tatxo Benet a comprarla. Tenía un precio de salida de 80.000 euros. Benet calificó entonces de “intolerable, escandaloso e inexplicable que en un Estado democrático y con libertad de expresión se hubiera censurado esa obra”. Ahora, según ha podido saber La Vanguardia, Benet está llevando a cabo una operación de mayor envergadura: crear una colección de arte censurado sin límites temporales ni geográficos. Y, por lo pronto, ya ha adquirido entre otras una pieza que ha dado mucho que hablar en los últimos años y que se llevó por delante en el 2015 a todo el equipo de dirección del Museu d’Art Contemporani de Barcelona: la escultura de la artista austriaca Ines Doujak en la exposición La bestia y el soberano, una pieza titulada Not dressed for conquering (No vestida para la conquista) en la que se veía a una campesina feminista boliviana sodomizando al rey ­emérito.

La colección que inicia en estos momentos Tatxo Benet tiene ambición –y el respaldo económico de su fortuna– y obras desde luego no van a faltar para integrarla. ¿Qué piezas podrían formar parte de un museo, una colección de arte censurado? El artista Francesc Torres (Barcelona, 1948) tiene algunas respuestas. Después de todo, a finales del año pasado montó la fabulosa exposición La caja entrópica en el MNAC, en la que mostraba arte censurado de la peor manera: atacado, destruido, otras veces escondido para poder salvarlo. Había feminicidios –durante la celebración del Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952 alguien entró de noche en el Museu d’Art Modern y rasgó con saña todos los desnudos femeninos que encontró a su paso– y también arte quemado, como las pinturas de Sert que ardieron en la catedral de Vic en la Guerra Civil. Al final de esa misma contienda, el Museu d’Art Modern decidió esconder dentro del propio centro el arte del periodo republicano para evitar que se perdiese “desde el año 1939 al año 1986, que se dice pronto”, subraya.

 ‘Piss Christ’, de Andrés Serrano, causó polémica en EE.UU. y fue atacada en Francia
Por supuesto, Torres tiene claro que lo que más le gustaría ver en una colección de arte censurado es la gran muestra de Arte degenerado que los nazis llevaron a cabo en 1937 en Munich. “Más contundente, imposible, orquestada por el Estado, censura arte pero también a la gente que lo hizo por el mero hecho de cómo pensaban, unos porque eran judíos, otros porque eran comunistas. Muchas de esas obras se perdieron: lo que los nazis no pudieron subastar en Suiza para conseguir dinero para comprar arte que le gustara a Hitler para el Museo de Arte Alemán que se iba a hacer en Linz. Cuando se dieron cuenta de que podían sacar pasta vendiendo en Suiza lo que pensaban que era una porquería, lo vendieron. Y eso se salvó”.

A Torres también le interesaría ver en la colección a los artistas rusos Komar y Melamid, “que trabajaban juntos como el Equipo Crónica aquí en los años setenta y ochenta, no son muy conocidos, pero son fantásticos, se tuvieron que marchar de la URSS”. De hecho, en 1974 les detuvieron durante una performance y al final de ese año destruyeron su Autorretrato doble –en el que parodiaban a Lenin y Stalin– en la conocida como exposición bulldozer, porque la muestra de artistas en el bosque de Belyayevo fue arrasada por una fuerza policial que incluía bulldozers y cañones de agua. Torres incluiría en el museo El origen del mundo, el primer plano de un sexo femenino pintado por Courbet, “una pintura que no ha parado desde el primer día, ha sido explosiva en todo momento, la coloques donde la coloques, es una bomba”. De hecho, Facebook ha ido a juicio en Francia por censurarla.

La exposición nazi de ‘arte degenerado’ acabó subastada en Suiza o perdida...
Torres vivió en Estados Unidos el mundo de Reagan y la censura artística que trajo la época. Era la presidencia de Reagan, que se carga el National Endowment for the Arts, y el senador Jesse Helms va haciendo de las suyas, como si fuera McCar­thy y metiéndose con la izquierda artística y antipatriótica. Dice que no es constitucional ni justo utilizar dinero público para hacer obras que ponen en entredicho la integridad del American way of life. Al primero que le lanzan la caballería es a un chaval joven que en una exposición del Chicago Art Institute crea una instalación que para llegar al final has de pisar una bandera americana. “Se tuvo que retirar y devolvió el dinero para la pieza”, recuerda. Helms atacó duramente la fotografía Piss Christ de Andrés Serrano de 1987 –un crucifijo de plástico sumergido en orina– que ha sido vandalizado en Francia Australia. Serrano fue amenazado de muerte y perdió becas. También se atacó la sexualidad explícita de las fotografías de Robert Mapplethorpe, cuya exposición de 1989 en la Corcoran de Washington fue cancelada.

Torres aclara que “hay arte censurado por nosotros de los que consideramos malos. El arte nazi. En Alemania no se puede mostrar. Hay arte nacionalsocialista confiscado en Washington, en los fondos de las fuerzas armadas. He fotografiado allí acuarelas de Hitler de cuando era estudiante. Es una colección de arte nazi que no te la acabas y sólo la puedes ver con permisos especiales. En Alemania pasa igual”.

...y ahora es el arte nazi el que permanece encerrado en EE.UU. o Alemania
El profesor Antonio Monegal añade una reflexión: “Todos estamos en contra de la censura, pero hay formas de tolerancia que son signos de irrelevancia social. Una de las cosas que la censura demuestra es que el arte sigue importando y tiene capacidad de impactar a ciertos sectores. A todos los artistas y creadores que intentan hacer algún tipo de afirmación política les preocuparía que su arte no generara irritación. Pero la libertad de creación es diferente a la de expresión, que puede tener límites. El arte necesita una libertad particular. En la medida que quiera generar conflicto debe tener ese espacio de relación y diálogo con la gente. La capacidad del arte es incidir en el espacio de los símbolos, debe provocar una reacción. Es normal que la haya, lo que nos debe parecer mal es que la gente tenga instrumentos políticos y judiciales para reprimir”.

Fuente: La Vanguardia