Es mucho más fácil hackear a las personas que a las máquinas

Tecnología 29 de octubre de 2017 Por
Todo estamos expuestos a la estafa online; un nuevo libro recurre a la narrativa para desarmar los engaños de la ingeniería social y entrenarnos así para advertirlos a tiempo
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Posdata Digital | Argentina

Todo un libro para describir lo que habita en un instante crucial: ese en el que hacemos un clic fatal que abre las puertas de algo que hará daño, mucho daño.

De eso se trata el libro de Ariel Torres, un texto en el que cohabitan -como en pocos lugares- computadoras, Internet, piratas informáticos y las múltiples redes y programas existentes, con avatares del alma humana que nos sorprenderán, porque los creíamos parte de otro universo. Pero no, forman parte esencial del paisaje cibernético.

Ejemplo clásico es el desastre causado por el virus Love Letter, en 2000. Dice Ariel en su libro: “Todo lo que necesitamos es amor, y medio mundo -literalmente- le dio doble clic al archivo adjunto. Desde expertos en seguridad informática hasta neófitos, una muchedumbre le dio doble clic, y el Love Letter, como finalmente se lo bautizó, se propagó sin control, subrepticio y maligno, por las arterias de Internet”.

Sí, todos necesitamos amor, y eso lo saben los malos, que se aprovechan cuando ese afán se nos vuelve en contra.

El Love Letter es un ejemplo. Como bien señala el título del libro, entrar en una computadora ajena subrepticiamente es posible porque antes se entró en la mente de su dueño, del operador, haciéndolo a través de claves estudiadas de manera científica, claves emocionales (no alfanuméricas) que, a veces, ni nosotros mismos conocemos.

Es lo que se conoce, en seguridad informática, como ingeniería social, el estudio de la mente y sus zonas sensibles para crear pretextos y carnadas difíciles de resistir. Ariel describe con maestría ese territorio, con ejemplos tanto o más gráficos que la antes mencionada carta de amor que tanto desengaño generó (además de daños por 25.000 millones de dólares, claro). Saber cómo funcionan estas cosas, sin miedo, pero con prudencia y, sobre todo, con conciencia, genera una perspicacia que habilita a dejar de lado la ingenuidad, que en la infancia es una característica tierna y maravillosa, pero que en la adultez deja de ser algo diáfano y lindo, para transformarse en signo de inmadurez o, peor aún, de tontera.

Queremos suplir ese ser imperfecto y poco confiable que somos por aquello que sea automático y prescinda de los afectos, de los días de fiebre, de los malos humores, de las penas de amor o los resentimientos que nos hacen irregulares, impredecibles o desprolijos. “Es una máquina”, decimos, a modo de elogio, de alguien que trabaja mucho de manera confiable, sin detenerse porque ese día los astros están mal aspectados, su mujer lo abandonó o le cayó mal el asado de la noche anterior.

Allí están las máquinas, los sistemas que nos trascienden, la automatización que tiene los tiempos del acero o de la tecnología refinada y no la volubilidad de los humanos.

Imaginamos que estos pobres seres frágiles que somos, que vivimos a fuerza de afecto, almuerzos, aire y esas cosas, vamos a tener como sostén un sistema que garantice que nuestra humanidad no va a jugarnos en contra, y que podremos incluso prescindir de ella, porque automáticamente seremos defendidos de los males del mundo.

Pero no. Nada que surja de lo humano deja de ser parte de esa humanidad originaria. Y eso es lo que viene a decir Ariel Torres, en un libro que, paradójicamente, restituye el valor de lo humano a un mundo que, como el tecnológico, desde la ciencia ficción a esta parte, se considera ajeno a nuestra emocionalidad, nuestros apetitos, nuestros vaivenes y nuestras epopeyas.

“Si algo que te llega por Internet te altera emocionalmente y te incita a hacer algo, lo primero que hay que hacer es no hacer nada. Hay que parar la pelota”, aconseja Ariel. “Parar la pelota”, de eso se trata. Y conocerse a uno mismo. Es decir, saber cuándo nos mueve una emoción. No para suprimirla, sino para conducirla, y que no sea ella la que nos conduzca, a ciegas.

Los malos nos estudian para hacernos daño. Es bueno saberlo y dejar de lado la candidez pavota que a veces se adueña de nosotros. Pero hay veces que esos malos nos dan la oportunidad para crecer, para aprender y para valorar la solidaridad que emana, por ejemplo, de un texto como el de Ariel Torres, que ayuda, sin paranoia pero con precaución, a habitar en el mundo real de las redes, aprovechando sus maravillas, pero cuidándonos de sus calamidades.

Es que “cocodrilo que se duerme es cartera”, y en las redes, así como en la vida misma, vivir dormido no es, precisamente, lo más aconsejable.

Vía| diariodecultura