¡Alerta!

Sin Filtro 27 de junio de 2017 Por
La cultura del miedo busca de manera escandalosa arrebatar la tranquilidad social como herramienta de control. y se convierte en ese demonio que les despoja el sueño.

cultura del miedo La cultura del miedo y los medios de comunicació. Foto: ssociologos


Posdata Digital | Argentina

Por: Darío Hernández Orjuela | Escritor |Historiador.

Edgar Allan Poe, el escritor más importante del siglo XIX aducía a las fantasías colectivas de las grandes urbes para componer aquellos extraordinarios cuentos que impedían a muchos conciliar el sueño, al introducirse en la conciencia de sus lectores y reflejar en ellos los elementos que conformaban los mayores miedos que la humanidad ha tenido enquistados en sus genes, desde que fue consciente de su propia existencia. Noam Chomsky, al igual que muchos de los grandes críticos de la sociedad actual han formulado este mismo elemento como herramienta para controlar a las poblaciones y en masa generar aquella zozobra que nos hace presa fácil de los grandes poderes que a través de la historia han moldeado nuestro modo de ver la realidad, a tal punto, que aquello que nos hacía poner la piel de gallina, se ha convertido en parte inamovible de la cotidianidad de todos los seres humanos.

La interconexión ha tenido este efecto adverso al convertir una realidad indolente y cruda, en monstruosas sensaciones de inseguridad e inestabilidad, que llevan casi a una enmascarada conciencia del terror que va más allá de la verdadera proporción de los acontecimientos. La capacidad de decir lo que pensamos con la inmediatez de 140 caracteres o una publicación en una red social, ha convertido esta libertad de expresión en la pólvora que alimenta el fuego de la intolerancia, la segregación y los prejuicios; llevándola a extremos jamás vistos en la historia, teniendo en cuenta que se tienen cientos de antecedentes tan crudos como el nazismo o el apartheid.  Ahora como en los cuentos de Poe, nuestros temores viven en nuestros barrios, caminan por nuestras calles, se escabullen en la oscuridad de nuestros espacios cotidianos y explotan con pantallazos de rojo sangre a cada hora en la televisión y los medios digitales. El terrorismo, la inseguridad, la inestabilidad económica son los tópicos más utilizados para inocular estas inyecciones diarias de ansiedad, que han permitido a los medios hacer de la vida diaria una constante correría de precauciones para mantenernos respirando en un escenario que, según los formadores de opinión, es casi el final de la vida como la conocemos.

Analizando los medios de comunicación latinoamericanos desde sus propios contextos, se puede dar una idea concreta de cómo nuestra realidad se ve afectada de manera despiadada por el negocio de la información, usando como excusa vil la agenda política de turno. Los medios polarizan a través del miedo y esta “grieta” como se le ha llamado y las tragedias personales de personas inocentes, son el motivo para dar horas y horas continuas de detalles escabrosos que van más allá de la función informativa y se banalizan en crónicas policiales que buscan de  manera escandalosa, arrebatar la tranquilidad a sus televidentes, dejándolos a merced de sus propias mentes en situaciones que son tan similares a su realidad, que se convierten en ese demonio que les despoja el sueño.

No hay que cometer la ligereza de desconocer el delito. Es deber de los medios informar sobre él. La gran canallada cometida por estos insensibles monigotes de la crónica policial es hacerlos un cuento de terror, una historia plagada de detalles justificados con pomposas metáforas que cruelmente dejan de lado a la víctima y al dolor de su familia, y se convierten en propiciadores de la zozobra que inunda las mentes de los ciudadanos de a pie y se escudan vil mente en el “servicio a la comunidad”, al hacer visibles estos hechos con lujo de detalles. Haciendo de juez, jurado y verdugo. Destruyendo vidas de inocentes y malgastando horas de espacio televisivo en conjeturas y conclusiones basadas en hechos circunstanciales; eliminando de tajo la responsabilidad de las autoridades de hacer su trabajo y de paso vendiendo a altísimos los espacios publicitarios que acompañan sus desbordantes e histriónicas crónicas del delito.

Las oleadas de historias criminales, que como una ficción barata, se abordan desde el inicio de hecho, apartando de ellas las responsabilidades del debido proceso, transformando un trabajo serio de investigación en una novela de folletín mal redactado, donde los ya mencionados monigotes periodistas de policiales asumen su postura de Sherlock Holmes y con su discurso barato de abogado recibido por correspondencia, auguran sentencias, pruebas y culpables sin darle cabida a la realidad, que es en muchos casos más simple.  En cualquier país tocado por la desigualdad, la corrupción y la ambición política y económica, estos episodios tristemente son normales. Son consecuencias de dichos actos de maldad contra la propia sociedad y como sal a la herida, usan las tragedias para avivar el fuego del miedo y así manipular la opinión.

Y la cereza del pastel es pasar al olvido automático, a la amnesia del entretenimiento ramplón. Y el ciclo se repite dejando el terror en el inconsciente del televidente para luego distraerlo con el escándalo mediático de mujeres reducidas a carne y chisme. A realities de poca monta donde el payaso de turno hace su parte del plan para reducir la opinión del pueblo a sandeces.

Los actos criminales han sido y serán parte de la vida cotidiana de la sociedad, mientras esta funde sus bases en la superficialidad y la ignorancia. La educación de las comunidades más vulneradas y la transparencia de la clase política debería ser el “alerta” que deberíamos tener en nuestros televisores a diario. La capacidad de entender nuestra propia realidad nos ha sido arrebatada por las mentes aberrantes de los que ostentan y buscan perpetuarse en el poder. La incapacidad de criticar lo que nos es querido y de denunciar lo que nos hiere es el arma más poderosa de aquellos que ven al hombre de a pie como un número, un voto, un punto de rating, un consumidor. No importa si es de izquierda o de derecha, si es rojo o azul, si tiene un prócer o un gerente como cabeza.  Mientras la capacidad de pensar por sí mismos sea eliminada de tajo, seguiremos esperando con ansiedad la siguiente página de la historia de terror en la que nos han obligado a vivir y como leyendo a Poe, sólo nos queda rezar para que la próxima víctima seamos nosotros mismos. 

 NI CREYENTE, NI HINCHA, NI MILITANTE.